Pero sobre mi cabeza no había ni Luna ni estrellas. Sólo diversas capas de tinieblas gravitando sobre mí. Sin un soplo de viento, el aire estaba estancado. Todo pesaba más que antes. Me parecía incluso que la densidad de mi propio ser había aumentado. Era como si mi aliento, el eco de mis pisadas y el acto de subir y bajar la mano experimentaran con otra realidad. Una realidad de la que mi mente empezaba a ser consciente de una manera más lenta que mi cuerpo. Tenía la necesidad de cerrar los ojos y centrarme en mi estómago. Tenía náuseas.

Ya casi era media noche y las luces de la mayoría de las ventanas estaban apagadas. Él me tiró de la mano y, como si quisiera huir de la mirada de un enorme pájaro que acechara a los hombres desde lo alto, cruzó a paso rápido aquella calle y se detuvo debajo de la cornisa. Cuarenta y tres segundos después desapareció.
Miró de nuevo el reloj. Ya eran las ocho. ¿Dónde se había metido? Quizás esa no era su casa, quizá se habría equivocado y se había metido en otra cualquiera. ¡Qué tontería! ¿Cómo podría haber entrado? En fin, mejor sería que tendiera la lavadora y se pusiera el pijama, a esas horas ya no iban a ir a ningún lado.
Nos hacemos mayores. Tú también lo notas, ¿no? Claro, vaya pregunta. Los sitios ya no están vacíos, vamos llenando de recuerdos cada rincón. Van apareciendo sentimientos nuevos, retos y metas.
Hay días en que me sorprendo a mí misma pensando en hace años, en cómo ha cambiado mi vida en tan poco tiempo, y a la vez, qué poquito ha cambiado.
Qué voy a decir, sigo siendo un lío andante, pero puede que empiece a entender de qué va esto de hacerse mayor.

Mari y Takakashi están sentados en los columpios, uno junto al otro, en un parque desierto a altas horas de la madrugada. Takakashi tiene los ojos clavados en el perfil de Mari. En su rostro se lee desconcierto. Prosigue la conversación de antes.
-¿Que no quiere despertarse, dices?
Mari no responde.
¿A qué te refieres?- pregunta él.
Mari enmudece y mira hacia el suelo. Vacila, aún no está preparada para hablar de ello.
- Oye, ¿y qué tal si camináramos un poco? -propone Mari.
- Vale. De acuerdo. Andar es bueno. Anda despacio y bebe mucha agua.
- ¿Y eso qué es?
- Ése es el lema de mi vida. Anda despacio y bebe mucha agua.
"Son muchos los hombres que han sufrido moral y espiritualmente del mismo modo que tú. Felizmente, algunos de ellos han dejado constancia de su sufrimiento. Y de ellos aprenderás si lo deseas. Del mismo modo que alguien aprenderá algún día de ti si sabes dejar una huella. Se trata de un hermoso intercambio que no tiene nada que ver con la educación. Es historia. Es poesía."
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